Temas & Opiniones

SIMPLEMENTE PONTE DE PIE...

Por O. Edgar Jofre. 2019-09-07

 

Muhammad Alí y Joe Frazier sostuvieron una de las peleas por el campeonato mundial de los pesos pesados que es considerada una de las más duras de la historia. El combate fue tremendo y a lo largo de muchos rounds se calcula que se pegaron más de 450 puñetazos. Promediando la pelea Alí está exhausto, había lanzado y recibido tantos golpes, al igual que su rival, que al llegar a su esquina le dice a su entrenador: "No puedo más! abandono..." El entrenador lo tranquiliza, lo inspira y lo alienta a que salga y pelee un round más. Alí sale pelea, pega, recibe, termina el round y vuelve muerto a su rincón. Le dice: "¡No puedo más! Tira la toalla porque no tengo más fuerzas". El entrenador, el célebre Ángelo Dundee, le responde que tiene que seguir peleando. Una vez más lo tranquiliza, lo contiene y le pide que salga un round más. Alí no estaba convencido pero finalmente sale como puede y pone lo mejor de sí otra vez. Recibe más trompadas, pega las que puede, termina el round y vuelve muerto, se desparrama en la silla como puede y le dice: "¡Ya está, terminé, tira la toalla!". El entrenador lo escucha, lo contiene y finalmente le dice: "Te voy a pedir un solo favorcuando suene la campana, simplemente ponte de pie, no te pido nada más". Alí escucha y con la poquísima fuerza que le quedaba, cuando suena la campana se para agarrándose de las cuerdas del cuadrilátero, y ahí se produce el milagro, desde el otro rincón vuela la toalla porque su rival Joe Frazier no es capaz de pararse. Alí se consagra nuevamente campeón mundial. 

 

Siempre hay momentos donde la realidad nos golpea duro, nos sentimos morir, pero no morimos. En el cuadrilátero de la vida todos somos participantes directos. Enfrentamos todo tipo de combates, para los que estamos preparados y para los que no. Solo que estos combates son de un carácter más serio y vital. Es mucho más lo que está en juego. No son luchas deportivas, son luchas por la vida. El combate puede llamarse matrimonio; hay parejas que luchan denodadamente para mantenerse en pie delante de las diferentes vicisitudes de la vida. Pelean durante años para conservar a raya a sus adversarios, que son los mismos que han terminado con la unión de tantas otras parejas. La realidad de hoy nos enseña que es un combate que podemos perder. Y el luto por la pérdida del ser amado puede ser desolador y destructivo. Mantener la unidad de la familia pude ser otro tipo de combate feroz que debemos enfrentar, porque entendemos que los adversarios que atentan contra la salud de nuestros hijos son tan numerosos y disímiles que a veces nos resulta difícil identificarlos. Y qué decir de los combates por la salud, por el bienestar o por el honor en una sociedad donde existen tantas desigualdades sociales de la cual somos integrantes pero no nos sentimos protegidos. De una o de otra manera terminamos recibiendo golpes. Algunos los podemos soportar, otros nos envían a la lona. Con el paso de los años esos golpes van dejado su huella en nosotros en forma de cicatrices. Combates llevados a cabo en la intimidad, de los que nadie se imagina, otros son combates públicos donde quedamos expuestos a la crítica de aquellos que ni por asomo jamás vivieron algo igual, pero sin embargo tienen una opinión experta. Quizá trabajamos duro por nuestros ideales, pero desde las sombras se libraba una batalla feroz que logró terminar con nuestro prestigio dejándonos por el piso. No estaba en nuestros planes besar la lona, no obstante la realidad nos muestra el lado oscuro de la luna. La vida es dura e impredecible, especialmente cuando se quieren hacer las cosas bien. Algunas veces sabemos a qué nos exponemos por tomar tal decisión, otras entramos en conflictos accidentalmente, o quizá porque el azar estuvo presente en tal circunstancia nos vemos entrelazados en una situación difícil y crítica. De cualquier manera es nuestra batalla, donde no tenemos opciones, debemos enfrentarla si o si, aunque desconozcamos el resultado final. Aunque peligremos por el resultado final.

 

Otras veces las batallas que enfrentamos son tan intensas que nos hacen perder la noción de realidad. Existen dos ejemplos en la Biblia donde los involucrados son dos discípulos del Señor. Cada uno enfrentó su combate desde su perspectiva. Uno subestimó su combate y terminó conmocionado, el otro creía que su combate estaba llegando al final y no era así. Una batalla ganada puede parecernos una batalla perdida. Pedro estuvo desde el principio del ministerio de Jesús. El vio las batallas cotidianas que el Señor enfrentaba, una más dura que la otra. Durante tres años y medio aproximadamente fue testigo ocular de tales acontecimientos. Pero la batalla que lo marcó fue la pasión a la que fue sometido Jesús. Pedro creía estar preparado para esto, pero la realidad no fue así. Quedó tan turbado con los eventos previos a la crucifixión, con la crucifixión misma y con la posterior muerte de Jesús, que no entendió el alcance de la victoria ganada por Jesús en la cruz. Jesús resucitó y se le apareció a Pedro y los otros discípulos, pero aún Pedro continuaba aturdido. Un pasaje en el evangelio de Juan revela el estado de ánimo de Pedro después de aquellos eventos. “Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada” (Jn. 21:3). Pedro quiso volver a su antiguo oficio, el que había dejado por seguir a Jesús. Quiso abandonar el combate, tirar la toalla, cuando la realidad indicaba que aquello que quería abandonar era la victoria más grande que había experimentado. En ocasiones nos sucede como Pedro, el fragor, el desgaste emocional y el pulso de las batallas que enfrentamos nos hace perder la noción del resultado una vez que el combate a finalizado. Creíamos estar preparado para ese combate. Terminamos avergonzados en nuestro interior, llenos de dudas más que certezas, y con interrogantes sin respuestas. ¿Por qué procedí así? ¿Por qué no lo hice de esta manera? Por qué… por qué…  y por qué… Es allí cuando aparece Jesús, nos calma, nos hace ver la realidad bajo la base de su perspectiva. Es entonces cuando somos sanados. Pero mientras eso no ocurra seguiremos viendo una victoria como derrota.

 

El otro ejemplo es el apóstol Juan, en otro tiempo pescador y conocedor de batallas del mar, fue llamado para protagonizar otro tipo de batallas. Tuvo el privilegio de conocer a Jesús y ser parte de su ministerio. Juan estaba acostumbrado a participar de las batallas permanentes que se suscitaban como consecuencia de la extensión del Reino de Dios. Su experiencia en las cosas del Señor era tan basta que siempre será recordado como uno de los pilares de la iglesia. Los años han pasado, Juan ahora es un anciano que se encuentra en prisión en una isla llamada Isla de Patmos. Sus batallas por causa del Evangelio lo depositarían allí. ¿Qué más podía pedir Juan a esa altura de su vida? Solo morir en esa celda que se encontraba para ir al encuentro de su Señor. Lo había dado todo, lo había experimentado todo. Estaba listo para el cielo. Sin embargo Dios no había terminado con él. Aún quedaba una gran parte que Dios le debía revelar para cerrar su ministerio. La Revelación más grande e importante que el mundo jamás ha tenido y tendrá sobre su futuro: “El Libro de Apocalipsis”. Desde el exilio y en prisión, Juan fue partícipe de la revelación de un Jesús totalmente diferente al que había conocido. Esta revelación mostraba cosas muy interesantes que jamás se imaginó, pero lo más sublime fue ver a Jesús como es en realidad: ¡En todo su esplendor y su gloria, lleno de honor! Toda la apariencia del Señor impresiona de tal manera a Juan que lo ve como un ser Todopoderoso. Juan lo expresa así: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amen. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap.1:17-18).  Es como si el Señor le dice a Juan: “Hemos vivido muchas experiencias juntos de incalculable valor. Pero ¿sabes una cosa?, no he terminado contigo. Tengo noticias muy importantes que revelarte sobre el futuro de mi iglesia y del mundo. Solo te pido, ponte de pie una vez más y manos a la obra”. Juan se encontraba tirado en el piso, la presencia del Señor le había derribado. Fue llamado por el Señor a enfrentar un nuevo combate. Juan era un anciano, no obstante se puso de pie y comenzó la tarea. Juan nos enseña aquí que la clave es ser capaces de pararnos otra vez. 

 

Pude ser que el combaten en el que estamos enfrascados en este momento sea el combate de nuestra vida. El fragor de la lucha es tan intenso porque el adversario no se deja vulnerar. Hemos puesto sobre el cuadrilátero toda nuestra experiencia, pero el combate aún sigue con resultado incierto. Las fuerzas no son las mismas, nuestra determinación claudica, en realidad estamos agotados. Así como le sucedió a Pedro que quedó tan conmocionado por la magnitud de la contienda que no podía ver la realidad, o como le pasó a Juan que creía que sus días terminarían en Patmos, en ambos casos se necesitó una nueva aparición de Jesús. En el caso de Pedro para que terminara su conmoción y en el caso de Juan para recibir una nueva comisión. La historia cuenta que Pedro terminó entendiendo el mensaje de Jesús. Mas tarde fue él quien se puso de pie con los demás discípulos después del derramamiento del Espíritu Santo y dio aquel mensaje que termino con el nacimiento de la iglesia. En el caso de Juan la historia cuenta que no quedó en la prisión de Patmos. Después de la tremenda revelación del Apocalipsis, fue puesto en libertad, se dirigió a Éfeso y sirvió allí al Señor durante varios años más y desde allí partió para estar con el Señor, lleno de años y de vida. Pedro subestimó su combate, Juan creyó que su combate había llegado al final. Pedro y Juan necesitaron a Jesús para ponerse de pie nuevamente. Tú y yo también.

 

 

O. Edgar Jofré