Temas & Opiniones

¿QUE HACER CUANDO LA ADVERSIDAD ES MUCHA?

Por O. Edgar Jofre. 2019-09-14

 

Todos conocemos la tragedia de Los Andes. Donde cuarenta y cinco jugadores de rugby de Uruguay van a jugar un partido a Chile, pero antes el avión se estrella en la cordillera a seis mil metros con nieves eternas y temperaturas bajo cero. Mueren casi todos y lo que les pasa en esos más de dos meses que están parados ahí es tremendo. Pero yo me quiero detener en una situación límite. Cuando ya está todo jugado toman la decisión de enviar a los dos compañeros que estaban en mejores condiciones. Estos debían  escalar un cerro y se suponía que desde ahí arriba iban a poder ver Chile, bajar y pedir ayuda. Se encuentran con que lo único que ven son más cerros, infinitas montañas nevadas. El horizonte es desolador, montañas nevadas, más montañas nevadas, y más montañas nevadas... Desahuciados se sientan en una piedra y se ponen a pensar que hacer. Se dan cuenta que están acabados. En el fondo lo único que pueden decidir es como morir. Si volver a los restos del avión con sus compañeros y morir esperando, o seguir caminando y morir caminando. Toman la decisión de morir caminando. Esa decisión es la que finalmente después de diez días de caminar sin alimentos, sin abrigo, sin nada, les permite sobrevivir. Llegan a un lugar donde ven a una persona, piden ayuda y quince de los cuarenta y cinco compañeros iniciales sobreviven a esa tragedia. 

 

Cuando somos presa de la adversidad y esta arremete de forma perversa, somos nosotros los que debemos decidir qué actitud tomar. Si nos quedamos paralizados por el tremendo golpe, o si seguimos caminando a pesar del desastre. Tarde o temprano la vida siempre nos confronta con este tipo de situaciones. El desafío es si volvemos al fuselaje del avión, es decir, a lo conocido a esperar una muerte segura, o nos ponernos en marcha aunque no sepamos lo que hay adelante. Está comprobado que el individuo en situaciones límites algunas veces adquiere una posición fetal. Ya sea en un accidente de tránsito, o al ser sorprendido en el invierno por una tormenta de nieve  sin tener donde guarnecerse, son ejemplos de la posición que instintivamente toma para protegerse. Inconscientemente esa posición fetal hace alusión directa a la protección que tenía cuando estaba seguro en el vientre de su madre. Pero la realidad indica que esa zona de confort ya no está más. Es imposible que uno vuelva al útero de su madre que le daba seguridad, como también es imposible deshacer una terrible adversidad. Ya está, ya sucedió. Solo nos quedan dos opciones: quedarnos abrazados a la tragedia vivida, o por más que nos cueste dar un paso, otro, y otro más, y seguir aminando hacia adelante a lo que vendrá. Adán y Eva no podían volver al Edén, la tragedia ya había sucedido. Lot no podía regresar a Sodoma, ni siquiera mirar hacia atrás, si lo hacía moriría. Los hebreos no podía volver a Egipto por más que lo quisieran, si lo hacían, ahora el mar se los tragaría.

 

Mientras cumplía su ministerio Jesús aquí en la tierra tuvo una conversación con uno de los mejores maestros de la época llamado Nicodemo. La verdad central de la charla se concentra en porque Jesús tenía una capacidad natural para enfrentar la vida, aún en su peor versión. Nicodemo reconoció que Jesús siempre tenía una solución para cada problema que enfrentaba, mientras que él siendo un intelectual de la época no podía. Jesús le indica a este maestro de la ley, que el enfrentaba sus problemas desde una perspectiva equivocada y que de esa forma nunca lo lograría. Le era necesario un cambio de mentalidad, debía nacer de nuevo. Y ese cambio radical solo es producido por Dios. Es entonces cuando podría con las adversidades de la vida por más graves que fueran. Jesús se hizo humano para demostranos dos cosas, entre tantas. La primera es como es un ser humano cuando tiene relación continua y permanente con Dios, y la segunda como es un ser humano libre de pecado. No podemos decir que por esa calidad de vida Jesús estaba exento de adversidades, todo lo contrario, Él vivió muchas y de diferente envergaduras. Lo que Jesús nos enseña es que a pesar de la intensidad de las tormentas de la vida, uno puede tener paz, sin dejarse desbordar por los sentimientos tener el control de uno mismo.

 

En una oportunidad Jesús estaba con sus discípulos en una barca, era de noche. Pero se levantó una gran tempestad de viento que echaba las olas en la barca de tal manera que se anegaba. Se iban a hundir. Los discípulos estaban aterrorizados por la tormenta. Jesús estaba durmiendo en la popa sobre un cabezal. Tuvieron que despertarle debido a la gravedad de la situación. Jesús reprendió al viento y la tormenta cesó. Quiero detenerme en esto: el problema era el mismo para todos los que estaban en la barca. Con una diferencia, los discípulos estaban desesperados, pero Jesús tenía control. Él estaba sobre la tormenta, no lo contrario. ¿Por qué Jesús mostró seguridad en medio de la tormenta y sus discípulos no pudieron? La respuesta está en el pasaje de Marcos 4:40 “Y (Jesús) les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?”. ¿Qué tiene que ver la fe cuando llegan las tormentas? La fe nos proporciona esa seguridad que no tenemos y que necesitamos justo en ese momento. La fe es el aliento que nos lleva a actuar en vez de quedarnos paralizados. La fe es la que nos proporciona esa fuerza extra que llega justo en el momento oportuno. La Biblia nos enseña que el autor de la fe es Dios y que Este la ha puesto a nuestra disposición. Llama la atención que teniendo a Jesús en la barca, los discípulos miraran la tormenta.

 

La tragedia de Los Andes es un ejemplo de gran adversidad. ¿Dónde nos dirigimos nosotros cuando nos encontramos en una situación límite? Nos abandonamos a la zona de confort, al fuselaje del avión o tomamos la iniciativa de caminar hacia lo desconocido, aunque ese desconocido para nosotros sea Dios. Mi hijo Simón tuvo un accidente vial muy complicado. Mientras viajaba en su moto por la ruta, delante de él iba una camioneta que tiraba a otra amarrada con un cordel. La soga se cortó y la camioneta remolcada vino directamente hacia atrás y Simón no la pudo evitar. A pesar de llevar casco el golpe fue atroz, terminó quebrando la mandíbula de mi hijo que quedó envuelto en un charco de sangre y tirado en el piso. También se quebró el brazo derecho y los cuatro ligamentos de una de sus rodillas fueron literalmente cortados. El policía que lo socorrió nos dijo luego  que cuando tomó a Simón en sus brazos, este no respiraba, creía que había muerto. Tiempo más tarde el policía y Simón se encontraron de nuevo y se fundieron en un abrazo. El policía con lágrimas en los ojos no podía creer que Simón siguiera vivo. Fue un golpe muy duro para nuestra familia. Pero a nosotros se nos había enseñado donde ir cuando la adversidad es mucha. Toda la familia estaba muy sensibilizada mientras vivíamos esa situación. No obstante a pesar del momento de extrema gravedad no estábamos solos en medio de la tormenta.

 

Las adversidades de la vida pueden terminar intimidándonos o pueden desafiarnos a sacar lo mejor de nosotros. Las adversidades, por terribles que sean están ahí para enfrentarlas, no para quedarnos paralizados, ni huir. Hay un pasaje en las Escrituras que dice: “Y como tus días serán tus fuerzas” (Dt. 33:25). Esta es una promesa de Dios para el pueblo de Israel y significa que las fuerzas del pueblo siempre serían equivalentes a su necesidad, sus fuerzas siempre igualaría a lo que enfrenten. Siglos más tarde el apóstol Pablo diría lo mismo pero de otra manera: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). Jesús es nuestra fuerza en medio de las tormentas. Él es el consuelo que necesitamos. Él es el que comparte nuestro dolor. Él es el abrazo que nos hace falta, el aliento que esperamos, Él nunca llega tarde. ¿Sabes porqué las adversidades son un trago amargo cada vez que vienen? Porque el ser humano no está preparado para eso. No fuimos creados para tener adversidades. La meta de Dios al crear al hombre era que este fuera libre, feliz y realizado. Las adversidades que enfrentamos no tienen nada que ver con Dios. Cada una de las tormentas que pasamos a lo largo de nuestra vida están directamente relacionadas con el mal. Existe una fuerza oscura que atenta detrás de bambalinas en forma permanente contra la humanidad. Jesús nos advirtió que mientras estemos en el mundo tendríamos aflicciones. Pero a su vez nos prometió que El estaría con nosotros todos los días de nuestra existencia, inclusive en los días de tormenta.

 

O. Edgar Jofré.

https://youtu.be/KH5DtNjbd0g