Temas & Opiniones

EL DESAFIO DE ARISTOTELES

Por O. Edgar Jofre. 2019-09-21

 

"Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". (Aristóteles, en su libro: Ética a Nicómaco).

 

Generalmente nos enfadamos porque hemos sido heridos. En ocasiones el enfado es un sentimiento necesario, pero este debe ser aplicado correctamente. No enfadarse nunca puede ser peligroso y trae consecuencias negativas para nuestra vida. La Biblia habla de grandes héroes de la fe como Moisés, David, Pablo, entre otros, que en alguna oportunidad se enfadaron. Jesús se enfadó en reiteradas ocasiones así lo muestra el Nuevo Testamento. Las Sagradas Escrituras no hacen nada para ocultar el enfado de Dios en algunas situaciones puntuales. Los casos a los que hago referencia nos muestran que el enfado de estas personas era necesario y a la vez paliativo. Pero si somos sinceros, debemos reconocer que la mayoría de las veces nuestro enfado carece de fundamento y solo logra empeorar la situación en vez solucionarla. La persona que lleva dentro una gran dosis de enojo no resuelto, por ejemplo , puede tener la tendencia a creer que el mundo que encara es un mundo también lleno de enojo y con ello justificar y perpetuar su propio sentimiento. El enfado es uno de los tantos sentimientos que están adheridos a nuestra naturaleza humana. Pero creo que Aristóteles no solo quiere hablar del enfado cuando le escribe a Nicómaco, sino que está desafiando al joven a gobernar inteligentemente su vida emocional.

 

Queda claro que sin sentimientos no podríamos vivir. Lo que se coloca en el tapete es el rol que estos ocupan en la vida diaria. En ocasiones los sentimientos en vez de ser los que nos potencian se convierten en enemigos perjudicando nuestro desarrollo normal. La Biblia nos enseña que fueron los sentimientos de Saúl los que lo apartaron del plan que Dios tenía con su vida. Dios lo había elegido para ser el rey de Israel, de hecho estaba llevando a cabo su tarea dentro de términos normales, pero cuando conoció a David algo dentro de él se rompió, y Saúl no volvió a ser el mismo. Dios había establecido que el sucesor de Saúl en el trono sería David, porque Saúl había desobedecido una orden fundamental de parte de Dios, que de haberla cumplido habría evitado tragos amargos para el pueblo en el futuro. En consecuencia, en su trono comenzó la decadencia. Al enterarse que David era el elegido por Dios para sucederlo, los sentimientos de ira eran tan fuertes que daba la impresión de quedar endemoniado. En su afán de matar a David descuidó labores fundamentales en la conducción de su reino y durante años, por lo menos doce, persiguió y trató de asesinar a David. Cuando tuvo que enfrentar una de las tantas batallas en que las participó con su ejército, termino perdiendo su vida. Me da la impresión que Saúl odiaba tanto a David, que esto terminó cegándole y en consecuencia no estaba preparado para la última batalla que enfrentó. Sus sentimientos de ira, odio y venganza terminaron sacándolo de foco, de tal manera que quedó vulnerable cuando más preparado debía estar. Saúl era un guerrero experimentado pero su derrota devino como resultado de lo mal direccionados que estaban sus sentimientos. Dios ha dotado al ser humano de infinitas cualidades para su crecimiento y realización, pero cuando estas son manipuladas, pueden convertirse en destrucción, una de ellas son los sentimientos.

 

Gary y Mary Jane Chauncey era un matrimonio completamente entregado a Andrea, su hija de once años, a quien una parálisis cerebral terminó confinando a una silla de ruedas. Los Chauncey viajaban en el tren anfibio que se precipitó a un río de la región pantanosa de Louisiana después que una barcaza chocara contra el puente del ferrocarril y lo semidestruyera. Pensando exclusivamente en su hija Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible para salvarla mientras el tren iba sumergiéndose en el agua y se las arreglaron, de algún modo para sacarla a través de una ventanilla y ponerla a salvo en manos del equipo de rescate. Instantes después el vagón terminó sumergiéndose en las profundidades y ambos perecieron. Esta es la conmovedora historia de Andrea, cuyo postrer acto de heroísmo de sus padres fue el garantizar la supervivencia de su hija. Si consideramos este ejemplo en donde los padres deben tomar una decisión desesperada en una situación límite, no existe otra motivación que el amor. Este ejemplar acto de heroísmo parental que nos permite comprender el poder y el objetivo de las emociones bien direccionadas constituye un testimonio claro del papel desempeñado por el amor altruista. El poder de las emociones aquí es extraordinario. Solo un amor poderoso como en este caso, la urgencia por salvar al hijo amado, puede llevar a unos padres a ir más allá de su propio instinto de supervivencia individual. Desde el punto de vista del intelecto se trata de un sacrificio irracional pero, visto desde el corazón, constituye la única elección posible.

 

El término: “Gestionar Nuestras Emociones” está relacionado directamente con la capacidad de controlar los sentimientos perturbadores para que estos no te destrocen la vida o te impidan hacer lo que debas ser. Las cárceles están llenas de personas que no gestionaron adecuadamente sus emociones. Los cementerios tienen en muchas de sus tumbas aquellos que se marcharon antes de tiempo por el mismo motivo.  Otros no están en la cárcel, ni en el cementerio, pero deambulan en la vida con un corazón roto fruto de no haber podido domar ciertas reacciones que como caballos salvajes dejaron a su paso una infinidad de oportunidades perdidas. Tenían todo para ser, pero terminaron no siendo. Hubieran sido de mucho beneficio para su matrimonio, familia, sociedad, iglesia, pero terminaron ahogando sus talentos por el desborde alocado de sus sentimientos. El dolor y la frustración no tienen fondo cuando uno piensa lo que podría haber sido si hubiese manejado correctamente su vida emocional. Pero por suerte existen aquellos que supieron gestionar sus emociones de forma correcta. Deberían ser nuestro espejo. Porque estas personas son la que le dan el valor que se merece al matrimonio, a la familia, a la sociedad, a la iglesia, en fin, a la vida. Pero me temo que hacemos todo lo contrario. Terminamos envidiándoles, ultrajándolos y socavándolos. Comparándoles con los nuevos modelos que hemos adquiridos los tratamos de antiguos.  Como si existiera otro modelo. No nos damos cuenta que el mundo sigue en pie solo por aquellos que aprendieron a gestionar sus emociones de la manera correcta.

 

José es un ejemplo de una persona emocionalmente madura. Desde muy joven aprendió a vivir con la presión en su familia cuando sus integrantes eran desbordados por las emociones. Un ejemplo  de este desborde es cuando sus hermanos ardiendo de envidia lo venden como esclavo a una caravana de viajantes porque no podían soportar que alguien tan joven fuera tan seguro de sí mismo y tuviera sueños concretos. Una persona segura de sí misma no debería ser un problema pero generalmente lo es para aquellos que han elegido vivir mediocremente. Este no es el fin de la historia, recién comienza. El largo camino de José  solo servía para ir de conflicto en conflicto en los que él,  lo único que hacía era lo que había aprendido: gestionar sus emociones. Nuevamente fue vendido como esclavo, fue tentado sexualmente, fue llevado a la cárcel, ¿qué más le podía pasar? Dominar sus emociones puede ser un trabajo arduo y en ocasiones ingrato, pero seguro. José era una roca, nada lo desbordaba, fue lo que le llevó a convertirse en un hombre de confianza, en la potencia mundial de aquel entonces que era Egipto. Llegó a primer ministro de aquella nación, por su integridad, su visión, pero sobre todo por el dominio de sí mismo.

 

¿Dónde aprendo a gestionar mis emociones? ¿Por qué Saúl no pudo y José si? ¿Existe un método para que no me convierta en mi propio enemigo? Los discípulos que acompañaron a Jesús durante su ministerio en varias ocasiones se vieron desbordados por sus emociones. Jesús no los cambió por otros, nunca los abandonó, siempre siguió confiando en ellos. En una ocasión cuando estos volvieron a su antiguo oficio Jesús los fue a buscar nuevamente. Los discípulos no se dieron cuenta que por estar al lado del Señor sus vidas iban teniendo una lenta y mágica transformación. El tiempo daría la razón a Jesús y ellos terminarían convirtiéndose en personas de carácter, con dominio de sí mismos, usando sus emociones de forma muy diferente a como las usaban antes de conocer al Señor. De otra manera hubiera sido imposible propagar el Evangelio por todo el mundo.  



El desafío de Aristóteles hoy es más necesario que nunca. El desborde de las emociones humanas deja el tendal de heridos. Gestionar nuestras emociones es el gran desafío. Así lo entendió Francisco de Asís, se sintió desafiado pero reconoció que necesitaba una ayuda extra para lograrlo, por eso escribió:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!

Que allí donde haya odio, ponga yo amor;

Donde haya ofensa, ponga yo perdón;

Donde haya discordia, ponga yo unión;

Donde haya error, ponga yo verdad;

Donde haya duda, ponga yo fe;

Donde haya desesperación, ponga yo esperanza;

Donde haya tinieblas, ponga yo luz;

Donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro! Que no busque yo tanto ser consolado como consolar;

Ser comprendido como comprender; ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;

Olvidando como se encuentra;

Perdonando, como se es perdonado;

Muriendo como se resucita a la vida eterna.

 

 O. Edgar Jofré.

 

 

https://youtu.be/KH5DtNjbd0g

https://youtu.be/P6KETTNsYaw

 

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