Temas & Opiniones

EL VIEJO PESCADOR

Por O. Edgar Jofre. 2019-10-12

 

El viejo estaba "salao", es decir, la peor forma del infortunio. Hacia ochenta y cuatro días que no pescaba nada. Toda su vida fue pescador. Ninguno de los otros pescadores quería juntarse con él debido a su mala fortuna. "En el día ochenta y cinco, se dijo, terminará mi mala racha, atraparé un gran pez para traer al mercado". En la madrugada subió a su bote y se adentró en el mar con su esperanza intacta. Llevaba dos botellas de agua, un arpón, su cuchillo y algunos metros de soga con anzuelo. Al mediodía sintió como la cuerda se tensó y estremeció al bote. Anteriormente en dos oportunidades había atrapado peces de mil libras, pero nunca estuvo solo como en esta ocasión. Sintió que este pez era tan grande como los otros. Durante cuatro horas sin parar el pez atrapado por el anzuelo tiro de la soga mar adentro arrastrando el bote. El viejo se tomó firme del cordel con la esperanza que el pez se cansara. Las heridas en sus manos encallecidas se fueron mostrando debido a la fricción. La lucha duró tres días en la cual ninguno quería renunciar. Una mañana el pez se mostró en todo su esplendor, era un animal majestuoso. Medía por lo menos cinco metros y medio y tenía una enorme espada en su frente. Poco a poco el pez se fue dando por vencido y el viejo lo fue atrayendo lentamente hasta su bote. Cuando estaba cerca le dio con el arpón en la cabeza y sometió, luego lo amarró a la embarcación. Exhausto el viejo fijo su vela hacia la costa  mientras un hilo de sangre lo seguía. La mancha de sangre atrajo al primer tiburón que de un mordisco quitó una porción importante del pez que no pudo engullir porque el viejo lo sorprendió clavándole el arpón en la cabeza. Luego vinieron dos tiburones más, el viejo ya sin arpón, ató su cuchillo a un remo y líquido a uno, mientras el otro huía con una gran parte del botín en su boca. Sin tener con que defender su pesca navegó toda la noche resignado a los ataques de diferentes tiburones que solo dejaron la cabeza, la espina y la cola amarrada a su bote. En la madrugada llegó en silencio a la costa, fue derecho a su choza, de lo agotado que estaba se tiró en su catre, inmediatamente se quedó dormido.

 

La Biblia nos relata que Moisés fue un pescador de hombres. Dios lo había destinado para esto. Es más, Moisés fue el encargado de pescar a toda una nación. Tuvo la tarea de sacar a miles de personas de un mar de esclavitud y llevarlas a un puerto seguro. No fue fácil. Debido al tamaño de la nación hebrea y los beneficios que otorgaba al pueblo egipcio, se necito de la sapiencia de un líder para llevar a cabo la misión. Dios preparó a Moisés durante ochenta años, su nivel era tal que supero en sabiduría al mismo faraón, el líder de la mayor potencia mundial de ese tiempo. Todos los días Moisés se presentaba delante de faraón en nombre de Dios para que dejara ir al pueblo. Todos los días Dios hacía un portentoso milagro en favor de los hebreos. Todos los días faraón se resistía. La tensión fue tal que faraón estuvo a punto de matar a Moisés, lo que ignoraba faraón era que el poder de Dios era más que su imperio mundial. Faraón terminó cediendo y todo el pueblo hebreo obtuvo libertad. La pesca de Moisés había sido milagrosa, todo un éxito. Lo que Moisés ignoraba era que sus problemas no habían terminado, solo estaban empezando. Toda la tensión vivida, el desgaste emocional y los peligros a los que fue sometido era solo una pequeña parte de lo que todavía tendría que padecer, no con faraón, sino con el pueblo hebreo. Los judíos eran indomables, debido a su carácter un viaje que se podía hacer en once días, duró cuarenta años. Moisés vio como una gran pez como la nación hebrea se fue despedazando en el desierto debido a la capa tras capa de neurosis acumulada que estos tenían. Fueron libres físicamente pero no lo fueron en su corazón. No querían ese tipo de libertad, terminaron rechazándola y por lo tanto toda esta generación terminó enterrada en el desierto. Solo quedaría el esqueleto de este gran pez sacado de Egipto. Pero cuidado, Dios con un esqueleto puede hacer grandes milagros.

 

En los peores momentos de Israel en el desierto Dios trabajaba en cosas tan perdurables que llegarían hasta nosotros en medio de bendición. Cuando más crítico era el pueblo hacia Dios y hacía su líder, cuando más se oponía y se revelaba; Dios llevaba a cabo un trabajo perenne. Fue en ese tiempo que Dios le dio a Moisés los diez mandamientos, preceptos aplicados en todo el mundo a través de diferentes épocas debido a su hondo contenido social. También fue en ese tiempo que se profundizó en el sistema de adoración y culto creándose el Tabernáculo, donde una parte de la comunidad se dedicada exclusivamente al servicio de Dios, es decir una tribu, se encargaría al servicio religioso, tal como se hace hoy en la sociedad donde una porción de la comunidad se dedica a la parte espiritual. Fue en esa época que los milagros de Dios no fueron apagados a pesar de la incredulidad hebrea. Eran egoístas, maleducados, impredecibles, no obstante Dios le daba maná todos los días, agua en forma permanente, carne cuando lo solicitaban, calor de noche y frescura en el día, su calzado y se vestido jamás envejeció durante cuarenta años. En once días Dios podría haber hecho todos estos milagros, lo maravilloso de esta historia es que Dios no se cansó de hacerlo durante cuarenta años a pesar de que ellos seguían en su tozudez. El compromiso de Dios con ellos es tan serio que los tiene girando alrededor de una montaña durante cuarenta años para ver si cambian, no obstante sigue enviando bendiciones sobre ellos todos los días. Eran tan cerrados en su mente  que de aproximadamente dos millones de personas, solo dos pudieron ver que Dios estaba a su favor. Ninguno de los integrantes de este pueblo, salvo estos dos, entraron en la tierra prometida. Dios trabajo en lo secreto dándole una oportunidad a una nueva generación: La que nació en el desierto.

 

Neurosis es una fantasía creada por el ser humano para escapar de la realidad que vive, lo malo de la neurosis es que al querer escapar de los problemas cotidianos de la vida esta se convierte en una cárcel de por vida. Produce capa tras capa de defensas y como resultado es imposible poder llegar al interior de la persona. La vida es difícil, eso lo sabemos todos, pero si o si hay que enfrentarla, no existe otro camino. Los Kennedy tenían por costumbre jugar cartas en familia todas las noches antes de ir a la cama. En una ocasión John, el que más tarde sería presidente de los EE. UU. estaba fastidioso. La madre le preguntó que le pasaba, este contesta que no le gustan las cartas que tenía, a lo que la madre le expresó :"John, debes jugar con las cartas que te han tocado". Miremos las cartas que le tocaron a Moisés, estas desanimarían a cualquiera. Más todavía, cuando termina cometiendo un error que lo priva de entrar en la Tierra Prometida. Pero Moisés corrió ese riesgo, era algo que podía pasar. Dios le permitió solo ver de lejos Canaán. Eso puede entristecer a cualquiera. Pero no a Moisés, porque ese no es el fin de la historia. Desde el monte que ve Canaán, Dios lo lleva al cielo. Si me dan a elegir entre Canaán y el cielo, ni siquiera lo pienso. La razón es obvia, Dios no castigó a Moisés, supo que Moisés jugó con las cartas que le habían tocado hasta el final. Cuando Jesús cumple su ministerio aquí en la tierra, un día invita a tres de sus discípulos a subir al monte con El. La presencia de Dios es tan fuerte en esta ocasión que las vestiduras de Jesús se vuelven totalmente resplandecientes, llenas de luz y Él toma otro aspecto. Se escucha la voz de Dios respaldando la labor de su Hijo. Dos personas más se encuentran en el lugar. En representación de los Profetas estaba Elías y en representación de la Ley, Moisés. Al igual que Jesús y Elías, Moisés también estaba transfigurado, seguía vivo para los planes de Dios. Moisés estaba entero, incorruptible, era otro hombre. Ese es el final de la historia, un hombre eterno en las manos de Dios. Como dijo Pablo: "No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 Co. 4:18).

 

Quien escribe la historia del viejo pescador, entre otras cosas lo hace bajo el marco de la futilidad de la vida. El mensaje que nos deja es que la crueldad es una copa que no pocas  veces tendremos que beber y esto pude terminar desalentándonos. Nos señala que preso de su destino el pescador es fiel a su vocación hasta el fin, por lo tanto juega con las cartas que le han tocado. Al contemplar la labor llevada a cabo por este viejo nos emocionamos de su valor para atrapar un pez de mil libras y no cesar en su intento hasta dominarlo totalmente. Vemos como sobresalen su determinación, su experiencia y su dignidad a la hora de realizar su tarea. Pero el escritor del cuento nos da a entender que su mayor trofeo, fue su mayor desgracia. Impotente, el viejo ve como su gran presa es engullida por depredadores del mar. ¿Valió la pena tanto esfuerzo? se pregunta ¿No habrá sido mi vocación mi peor enemigo? Creo que hay valores que tuvo este hombre que no se pueden dejar de lado como la entereza, la dedicación y la disciplina  para no abandonar su vocación de pescador. Tal actitud debería ser un aliento para nosotros que en ocasiones nos embarcamos en proyectos que no tienen el final esperado. Quizá nuestro matrimonio no fue por el rumbo que pensamos, o el hijo no se convirtió en lo que soñamos, o la joven viuda llora sobre una pila de sueños rotos. Historias como estas se viven a diario. ¿Dónde hallar consuelo en situaciones así? La Biblia cita a un hombre que nos entendería a la perfección, alguien que lo tuvo todo y lo perdió todo. A pesar de ser cuidadoso en su vida diaria, en determinado momento, las cosas se salieron de rumbo. No sé si por rabia, por resignación, o porque aún le quedaba algo de esperanza, nos dejó una frase que conmueve hasta el más frío, después de perder todo exclamó: “Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré allá…” (Job 1:21). Creo que él se decía: “He perdido todo, pero no he perdido a Dios todavía”. Hundido en su miseria volvió a exclamar: “¡Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios. Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán y no otro, aunque mi corazón desfallezca dentro de mi“ (Job 19:25-28). Es como si nos dijera: “Hay cosas que me han sucedido últimamente que me invitan a claudicar. Pero si la historia de mi vida terminará ya, sé que hay redención para mí. Dios vendrá y me levantará del polvo de la muerte, me dará una nueva identidad y tendré el privilegio de verle por siempre”. Job se equivocó en dos cosas, la primera es que creyó que su redención se llevaría a cabo después de su muerte, y la segunda es el tamaño de su redención. Esta superó todas sus expectativas, jamás se imaginó que sería tan amplia, tan profunda, tan liberadora. Eso le llevó a expresar: “De oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). Existe redención para los problemas que estamos pasando, lo que no podemos imaginarnos es la tremenda bendición que hay detrás. Dios siempre nos sorprende.    

 

 

 

O. Edgar Jofré.