Temas & Opiniones

TURBULENCIA

Por O. Edgar Jofre. 2019-11-16

 

 

 

Año 1999. Un amigo y yo tenemos una oportunidad de trabajo en los Estados Unidos. La situación económica en Argentina es complicada, sin pensarlo dos veces partimos hacia el norte. Desde Mendoza vamos a Chile en un vuelo de cabotaje, para luego abordar un avión internacional que nos llevará hasta el aeropuerto Kennedy. Los Andes es complicado para los vuelos debido a las diferentes corrientes de aire frío y caliente que circulan y chocan entre sí. Estaba oscureciendo cuando tomamos el vuelo que duraría aproximadamente 40 minutos hasta Santiago. A la mitad del camino podíamos ver perfectamente lo majestuoso de la cordillera, era una noche plagada de estrellas y de radiante luna, un paisaje espectacular. La voz del capitán interrumpió nuestro asombro al decir por altoparlantes: "Señores pasajeros, por favor ajustarse los cinturones porque vamos a entrar en una pequeña zona de turbulencia. Gracias". No acabo de hablar el capitán y de repente el avión comenzó a crujir y balancearse con violencia de un lado a otro. La azafata que traía un refresco para el pasaje literalmente fue lanzada por el aire, ante el clamor y gritos de desesperación de todos los pasajeros. Acto seguido el avión se fue a pique. MI compañero comenzó a clamar a Dios como nunca lo había escuchado. Por instinto tome posición fetal y en el esfuerzo que hice mi saco se partió en la espalda. Fueron unos pocos segundos eternos de terror. Creíamos que íbamos a morir estrellados en la cordillera. El silencio invadió a todos, estábamos aturdidos, el avión no dejaba de caer. A lo lejos pudimos escuchar como el capitán aceleró al máximo, los motores hacían un esfuerzo descomunal y la nave poco a poco comenzó a remontar de nuevo sobre la cordillera hasta recuperar su altitud. Una vez repuesto del susto mi compañero me susurró: "Apenas lleguemos a Santiago, tomamos un bus y volvemos a Argentina. Si en un vuelo de 40 minutos nos pasa eso, ¿te imaginas lo que puede pasar en un vuelo de 13 horas?". No regresamos, la nave internacional era de otra categoría, pero nosotros no tuvimos paz hasta que aterrizamos en Nueva York.

 

La vida es hermosa por muchas razones, pero no deja de ser dificultosa y compleja. Mi nieta más pequeña tiene tres meses de edad, cuando nació le acompañaban dos hematomas importantes en su cabecita que nos preocupó mucho. Mi hijo mayor tiene 40 años, en varias oportunidades ha sido sacudido por diferentes conflictos. Mi madre pronto cumple 80 años, y en este momento está enfrentando una situación severa. Las turbulencias de la vida no conocen edades, sexo, ni situación social. Muchas veces creemos que una buena posición social, o moral, o espiritual pueden ser un baluarte para los golpes de la vida, pero la verdad es que ciertas turbulencias nos mandan a pique. A veces nos introducimos en graves problemas a causa de malas decisiones, pero en otros casos entramos en importantes turbulencias sin que nosotros tengamos algo que ver. La vida está compuesta de elementos diversos que es difícil de comprender. La Biblia nos enseña que Abel el segundo hijo de Adán y Eva, lo estaba haciendo todo bien, sin embargo la agresión de su hermano terminó con todos sus sueños. El autor de la carta a los Hebreos nos hace recordar miles de años después que la sangre de Abel clamaba  por justicia, porque su vida había sido injustamente privada de su realización. Ciertas turbulencias pueden terminar con el sueño de un final feliz, es más, desde muy temprano cuando alguien es potencialmente rentable una turbulencia puede terminar perjudicando su vida por completo y la vida de los que iban a ser beneficiados. Da la impresión que las turbulencias de la vida entran sin permiso y se van cuando quieren después de ocasionar un daño importante, parecen tener tanta autoridad que terminan doblegando al más preparado.

 

Si las turbulencias actúan con tanta potestad, ¿dónde radica lo hermoso de la vida? Existen numerosos ejemplo en la Biblia de aquellos que pasaron por diferentes dificultades y terminaron convirtiéndose en mejores personas. Pero para no caer en la polémica de que para ser mejores hay que pasar por turbulencias veamos dos características de Jesús al respecto. Podemos decir que la vida del Señor estuvo cargada de turbulencias, de hecho murió en medio de la mayor turbulencia que un ser humano puede pasar. Jesús manejaba sus turbulencias personales  con mucho criterio. Creo que después de Getsemaní la más dura fue aquella  que enfrentó en el desierto cuando fue tentado por el diablo. Los evangelistas que hacen referencia al tema nos muestran a un Jesús que nunca se dejó desbordar por la situación. Esto no significa que Jesús no estuviera nervioso, ansioso, o con temor. Aunque era un ataque directo hacia su persona siempre dejó en claro que sus convicciones estaban por sobre los conflictos que enfrentó. Las turbulencias por las que pasó Jesús no lo definian, pero hay un aspecto interesante que no podemos dejar de lado, el sacó el mejor provecho de sus turbulencias. Por ejemplo, el ataque del diablo en el desierto fue directo, estaba destinado a derribarle. ¿Cuál era la mejor tentación para atacar al Mesías? La Palabra de Dios. Porque era un ataque directo hacia su persona, porque Él era la Palabra de Dios encarnada, pero por supuesto Lucifer citó las Escrituras según su versión. La táctica del diablo fue sutil, directa, a muerte. Pero este ataque tenía su lado flaco, el diablo subestimo al autor de la Palabra porque cito las Escrituras parcialmente, eso no es novedad porque siempre subestimo las cosas divinas. En esta turbulencia la Palabra de Dios fue colocada en el lugar que se merece porque Jesús llevó a las Escrituras al pináculo, a lo más alto. Hasta entonces las Sagradas Escrituras se habían convertido en un manojo de ritos y costumbres por los religiosos del momento, de tal manera que estas que terminaron perdiendo se autoridad. Esta fue la mejor ocasión para poner las cosas en orden.  Usando una turbulencia personal, Jesús le volvió a su Palabra el poder del que había sido despojada. El diablo que había logrado engañar a los religiosos contemporáneos de Jesús citándoles las Escrituras parcialmente terminó avergonzado y retirándose en silencio. Esta es la manera que Jesús procedía cuando las turbulencias llegaban a su vida, en cada una de ellas que enfrentaba El engrandecía la Palabra de Dios.

 

El segundo ejemplo está relacionado en como Jesús trataba a las personas que estaban pasando turbulencias en su vida. Los evangelios dejan en claro que mientras el Señor cumplió su ministerio solucionó todo tipo de  problema que se cruzó en su camino. Así como las turbulencias de la vida atacan sin excepción, Jesús sin distinción de personas, ayudó a todos. En una ocasión un escriba le preguntó cuál era el primer mandamiento de todos. Jesús le respondió: "El primer mandamiento de todos es: Oye Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que este". (Mr. 12:28-31). Jesús revela un secreto y me da la impresión que aquel hombre no entendió. Porque lo que Jesús acaba de declarar es la esencia de la vida. Estos pasajes dejan por sentado el sentimiento de Jesús hacia Dios,  hacia sus semejantes y hacia sí mismo. Jesús era una persona que se amaba, se cuidaba, se respetaba, eso era el fruto de lo que sentía por su Padre. Amaba a Dios con todo lo que tenía, corazón, alma, mente, fuerzas, no escatimaba en nada, jamás hizo algo que pudiera manchar esa relación. Precisamente esa forma de amar que tenía Jesús fue la que brindó a sus semejantes. Es una ley muy clara, de la forma en que nos amamos, lo hacemos con nuestro prójimo. Cada turbulencia que enfrentaba un semejante de Jesús en su época, era su turbulencia. Se comprometía de tal forma que hacía todo para sacarle de esa situación. Las Escrituras hacen referencia a que Jesús se "vació", dio todo el poder que tenía, en favor de los suyos. Recordemos que Jesús tenía a su disposición todo el poder de Dios y eso nos dará una pauta de las cantidad de bendiciones que derramó sobre el ser humano. No se guardó nada, lo dio todo, hasta la última gota. 

 

Así se manejaba Jesús con las turbulencias de las personas. Jesús ya no está entre nosotros, por lo menos físicamente, pero ha dejado un arsenal de agentes en favor de la humanidad porque Él sabe que las turbulencias no se han retirado, generación tras generación se siguen sucediendo. Uno de los agentes que el Señor ha dejado a toda la humanidad es su gracia. Eso que se define como favor inmerecido, pero que aún los más prestigiosos teólogos no han logrado sondear su profundidad. Su gracia está presente en toda circunstancia de nuestra vida y a nuestro favor, sería imposible que la humanidad subsistiera sin la gracia de Dios. Fuerzas excepcionales en un momento dado, equilibrio de la salud en un planeta que carece de las condiciones necesarias, liberación de peligros mortales en diferentes ocasiones, indican como opera la gracia de Dios. El Espíritu Santo que no es otro que Dios en forma invisible trabaja sin cesar las 24 horas del día, junto a sus dones espirituales, también a nuestro favor. En ocasiones cuando nos hallamos en medio de una turbulencia complicada no sabemos como proceder, como pedir la ayuda que necesitamos, pero el espíritu Santo intercede por nosotros de forma precisa y correcta. Decir que estamos solos en nuestras turbulencias es un desatino. La fe es mucho más que un milagro, (sin desmerecer el milagro por supuesto), es un agente de Dios que hunde sus raíces directamente en el trono celestial y da por cierto el cuidado y protección de Señor aún en la turbulencia más aguda. No me atrevería a decir que las turbulencias son algo bueno para nosotros, pero si me atrevo a decir que abandonarse a la turbulencia cuando tenemos las armas para enfrentarlas es un suicidio. Algunas turbulencias son de corto alcance, otras duran un poco más, finalmente están las turbulencias que vinieron para quedarse hasta la última instancia. Sea cual sea el tipo de turbulencia que estamos enfrentando en bueno saber que no estamos solos, el Señor ya ha provisto las fuerzas que necesitamos para enfrentarlas. Si por acaso existe una turbulencia que se quedará hasta la última instancia, esta también terminará un día y nosotros entraremos libres a un cielo sin turbulencias.

 

O. Edgar Jofré. 2019-11-16