Temas & Opiniones

¡FUI YO!

Por O. Edgar Jofre. 2019-12-21

Existe un antiguo mito griego titulado: Orestes y las Furias. Clitemnestra, la madre de Orestes, da muerte a Agamenón, su marido y padre de Orestes. Este crimen trae maldición sobre la cabeza de Orestes porque, según el código de honor griego, un hijo estaba obligado sobre todas las cosas a dar muerte al asesino de su padre. Pero el máximo pecado que un griego podía cometer era el pecado de matricidio. Orestes se debatía en ese dilema. Por fin hizo lo que aparentemente debía hacer y dio muerte a su madre. Por ese pecado cometido tres figuras espectrales y horribles, llamadas las Furias, lo atormentaban día y noche con su aterradora presencia que solo él podía ver y oír. Perseguido por la Furias, cualquiera fuera el lugar a que se dirigiera, Orestes iba recorriendo el país tratando de expiar su crimen. Después de muchos años de solitaria reflexión y penurias, Orestes rogó a los dioses que levantaran la maldición y que cesara el tormento de las Furias, pues creía que ya había expiado el crimen cometido. Los dioses fueron convocados al juicio de Orestes. Apolo, que hablaba en defensa de Orestes, explicó que él mismo había dispuesto aquella situación, de tal manera que a Orestes no le quedaba más remedio que dar muerte a su madre; por lo tanto no podía ser considerado responsable del crimen. Fue entonces que Orestes saltó de su asiento y contradijo a su defensor con estas palabras: “¡Fui yo, no Apolo, el que mató a mi madre!”. El tribunal quedó admirado, nunca antes un griego había asumido semejante responsabilidad. Esta actitud fue la que llevó al tribunal a dejar en libertad a Orestes, no solo levantaron la maldición, sino que también transformaron a las Furias en la Euménides, espíritus amables que en virtud de sus sabios consejos permitieron que Orestes continuara en su buena fortuna. 

 

Hasta aquí lo mitológico, veamos ahora la realidad. Dios tenía por costumbre todas las tardes pasear por el Huerto de Edén donde conversaba con Adán. De estos encuentros surgieron las mejores ideas que el primer hombre plasmaría en el reciente mundo creado. A medida que iban surgiendo las diferentes entidades, con sabiduría Adán, colaboraba para que el desarrollo en el huerto fuera el esperado. Adán era un buen administrador. Pero un día Adán de repente faltó a la cita, en realidad se había escondido. Dios le buscó pero el Adán que encontró era muy diferente al que vio por última vez. De forma inmediata Dios lo confrontó y de aquella jugosa conversación quedó como experiencia una enseñanza que debelaría la mente de los más avezados a través del tiempo. Resulta que Adán y Eva habían desobedecido un consejo de Dios y en consecuencia sus vidas fueron transformadas. "¡No fui yo, la iniciativa la tomó la mujer que tú me diste!", dijo Adán. Esta doble acusación dejó al descubierto la grieta que existía ahora entre Dios y Adán, y entre Adán y Eva. "¡Fue la serpiente!", dijo la mujer tratando de desligarse. Ninguno quería asumir la responsabilidad por el daño ocasionado. Adán y Eva no le prestaron atención a sus síntomas, en vez de enfrentarlos correctamente sus acciones nos demuestran que hicieron todo lo contrario. Esto desencadenó una serie de errores consecutivos en la pareja que terminaría en el peor error de todos, esconderse de Dios. Solo aquellos que aceptan la responsabilidad de sus síntomas, que comprenden que sus síntomas son la manifestación de un trastorno que aqueja su alma, están abriendo la puerta para una necesaria curación. Cuando admiten su desajuste y aceptan el sufrimiento de trabajar para curarse les está reservada una gran recompensa. Jesucristo dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu pues de ellos es el reino de los cielos". Jesús ya ha hecho una provisión para los problemas psicológicos y espirituales que tendremos que enfrentar. El mejor que nadie conoce la naturaleza humana. Adán y Eva son los representantes genuinos de nuestra manera de ser, pero si tomamos el camino adecuado que es el de: "¡Fui yo!", nuestra sanidad no tarda en llegar porque así está prevista en la gracia de Dios.

 

El resultado de nuestras negaciones nos hace circular en contra mano. Negar una adicción puede significar graves trastornos físicos y psicológicos. Puedo autosugestionarme y decir que es normal,  o decir que no es una adicción, que puedo tolerarla, que no producirá efectos secundarios, que otros también la practican, pero los resultados son los que muestran la realidad. Adán y Eva se escondieron pensando que Dios no los buscaría, su negación radicaba en no encontrarse con Dios como solían hacerlo y demostrar que todo estaba bien. Pero su vida se caía a pedazos. Dejar a Dios de lado, como quisieron hacer Adán y Eva, termina matando la parte más hermosa del ser humano, que es su vida espiritual, cuando esto se lleva a cabo carecemos de todo tipo de orientación, porque nuestro espíritu es la brújula que nos conecta con el destino adecuado. No podemos prescindir de Dios. Nuestras negaciones cumplen una doble función, en primer lugar creemos que podemos arreglarnos sin Dios, lo segundo es que para lograrlo debemos anular nuestro espíritu. Nuestras negaciones nos llevan a escondernos de la realidad y mientras mas las prolonguemos estas se potenciarán, no solo dañaran nuestra vida sino también nuestro entorno. Culpar a otros por nuestras adicciones no hace más que empeorar las cosas, terminamos originando una grieta entre los otros y yo, cuando la realidad indica que soy yo el que está dividido internamente. Esconderse de Dios ha significado a través de la historia problemas de difícil situación. Cuando una sociedad se esconde de Dios esta queda a la deriva. Es fácil darse cuenta en que clase de sociedad moramos, los principios de esta son el faro que alumbra su realidad. Si una sociedad es corrupta solo refleja que está escondida de Dios. Lo mismo si es homicida decretando leyes sobre el aborto o la pena de muerte. Cuando en una sociedad el poder legislativo crea leyes para tapar su propia desnudes no hacen mas que demostrar que se está evitando a Dios. La sociedad, la iglesia y la familia son el reflejo que indica en qué etapa de su vida se encuentran, si están teniendo un diálogo fluido con El o están escondidos de su presencia.

 

Otro tipo de negación que es muy común en el ser humano es callarse y no recurrir en búsqueda de la ayuda adecuada. “Mientras callé se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día… Se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4), dice el salmista. David al pretender ocultar su pecado lo único que logró fue enfermarse. Su silencio fue tan nefasto que hasta sus huesos terminaron afectados. Cuando sorteamos el orden establecido de la vida esta sufre un desequilibrio que termina afectando todo nuestro ser. Puede ser de carácter fisiológico, psicológico o ambos, pero las violaciones a la vida no quedan impunes. Las Furias en nuestra vida no son otras que los efectos que traen como resultado nuestras transgresiones, estas no nos dejaran en paz y continuaran carcomiendo nuestro ser hasta lograr su objetivo, podemos maquillarlas, ocultarlas por un tiempo, pero tarde o temprano terminan explotando por algún lado y revelando nuestra situación. Mientras mas tiempo ocultemos nuestras fallas peor será el daño. Detrás de todo esto hay algo que merece la atención, los síntomas surgidos después de una trasgresión si son bien dirigidos pueden ser un paliativo para mejorar nuestra situación. Eso que nos atormenta, enferma, estresa y nos quita la paz si se canaliza de la manera correcta puede ser el puente que lleve a la liberación. David lo interpreto de esa manera, el infierno que vivía donde su vida psicológica y física estaba en juego fue la apertura para acercarse a Dios. David sabía que su transgresión no solo afecto a su vida, sino que, algo más delicado todavía, esta terminó interrumpiendo su relación con el Señor. Es decir que su pecado no solo le afecto física y psicológicamente, sino también espiritualmente. Dañó su espíritu. David entendió que esconderse como Adán y Eva no era la solución, la salida era ir delante de Dios y mostrarse tal como era, el salmista escribe así: “Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Dios; y tu perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). David se dirigió al lugar adecuado, al único lugar donde podía ser liberado. Su restauración no tardó en llegar y volvió a ser un hombre pleno.

 

Eurípides, el autor de Orestes y las Furias desenmascara a través de esta obra mitológica el grave problema social al que estaban expuestos como ciudadanos los griegos de la época. Las ley era contradictoria, la venganza era permitida, el asesinato en las altas esferas no era sentenciado, la parte espiritual y psicológica era regida por la idolatría y la mitología. Una sociedad sin rumbo en la cuna de los grandes pensadores deja entrever la necesidad urgente de un despertamiento espiritual para poder recobrar su identidad. Dios nos habla de diferentes maneras y usa diferentes métodos para volvernos al camino original. En este caso usó la mitología para despertar del letargo en el que encontraba una sociedad como la griega. Los tiempos han cambiado se puede hablar de un progreso ideológico, cultural, político y social, no obstante las Furias siguen atormentado sin distinción hombres y mujeres en el planeta. Podemos cambiar las instituciones dando mayor bienestar, protección y asegurar el progreso. Podemos tener buenos empleos, seguridad económica y social, pero mientras callemos nuestra necesidad espiritual seguiremos escondiéndonos de la presencia de Dios. Nunca igualaremos a Dios en calidad de vida, podemos avanzar a pasos agigantadas sin tener a Dios en cuenta pero solo caeremos en la adicción del consumismo que al ser pasajero se convierte en una máquina encargada de calmar nuestra ansiedad pero nunca termina de saciarnos. Reconocer que yo soy el creador de la vida que llevo, el creador del tipo de familia que tengo y de la sociedad en que vivo es todo un reto, pero un reto mayor es reconocer que las cosas no se dieron como yo imaginaba. Dios siempre acude a la cita, es su naturaleza, pero si yo termino escondiéndome detrás de mis logros que lo único que hacen es rivalizar con El, algo está mal. Nuestra necesidad es espiritual y no tendremos verdadero descanso hasta que no demos a nuestro espíritu el lugar que se merece. De eso se trata la obra de Jesús en la cruz, de la liberación de nuestro espíritu para poder relacionarnos directamente con Dios. Cuando el espíritu tiene el control sobre la materia y el alma es cuando alcanzamos la plenitud. Es hora de abandonar el escondite y reconocer que “¡fui yo!” el que se escondió, “¡fui yo!” el que apagó el espíritu que Dios me ha dado. 

 

 

O. Edgar Jofré