Temas & Opiniones

¡FELIZ NAVIDAD!

Por O. Edgar Jofre. 2019-12-24

 

Podemos decir que la expresión: "¡Feliz Navidad!" es un saludo que encierra un deseo profundo. Este tipo de saludo más allá de que conozcamos o no su significado tiene un efecto movilizador en gran parte de la humanidad todos los fines de año, especialmente el día 25 de diciembre. El comercio se viste de gala expresando el espíritu navideño, las salutaciones cruzan los continentes, los fuegos artificiales llenan de colorido la noche a medida que se acerca el huso horario, las comidas típicas, el brindis a la medianoche, el abrazo, el beso con los seres queridos, son algunos de los tantos rituales que la humanidad ha venido practicando durante años. Este espíritu movilizador desde todas las edades es el símbolo de una celebración que cautiva y entrelaza a cada uno de sus participantes por diferentes motivos. En los días previos es común la visita a los hospitales, geriátricos, hogar de niños, como también la ayuda a los marginados y desposeídos en esta época. El espíritu navideño embarga a una gran mayoría con un sentido de solidaridad. En muchos hogares usan este día para perdón y reconciliación entre familiares, amigos y vecinos. Se hace borrón y cuenta nueva ¿Quién no se emociona en Navidad? ¿A quién no se le escapa una lágrima por su mejilla? Da la impresión que en ese momento uno se siente más cerca de sus semejantes. Las distancias se acortan, dejamos las máscaras de lado aunque sea por un instante, nos volvemos vulnerables, somos más sociables y auténticos; al fin y al cabo es el espíritu de la Navidad, donde hacemos como un cierre, un replanteo y un volver a empezar. No es poca cosa en un mundo donde todo es vertiginoso, donde las noticias de ayer tienen un siglo de antigüedad, donde todo gira muy a prisa nos damos cuenta que necesitamos un entretiempo como en el fútbol, necesitamos un breve descanso, un tiempo muerto como en el básquet, eso es lo que propina la Navidad, una pausa para un nuevo replanteo y continuar. La Navidad logra sacarnos de la realidad de lo cotidiano y transportarnos a una época muy diferente a la nuestra e introducirnos en la sencillez de un pesebre, donde el lujo es escaso pero no falta la paz. Si hay algo que sobra es paz, porque allí entre los animales, el forraje, María y José un pequeñuelo vio la luz pasando casi desapercibido salvo algunos pocos presentes. Ese pequeñuelo es la paz encarnada.

 

Este debería significar un nacimiento más, un nacimiento común y corriente. Pero la realidad indica algo muy diferente. El bebe acostado en el pesebre marcaría un antes y un después en la humanidad, sería el que dividiría la historia. Más allá de que nosotros estemos disociados del verdadero significado de la Navidad, no significa que esta no sea algo concreto y real. Nosotros podemos tergiversarla, opacarla, anularla, darle nuestra propia interpretación, pero eso jamás logrará anular el sentido real de la Navidad. Navidad significa el nacimiento de Jesús, cada vez que pronunciamos esta palabra hacemos una alusión directa al nacimiento del Hijo de Dios. Y este nacimiento encierra una gran historia. Una historia donde los protagonistas directos son Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo, millares de ángeles, arcángeles, querubines, serafines y por supuesto el ser humano. Tanto abarca el nacimiento de la Navidad que la naturaleza tiene participación directa y los astros celestiales no quieren quedar de lado. Si a esto añadimos que miles de años antes la Biblia ya hablaba de este acontecimiento por medio de sus profetas con lujos de detalles y que muchos murieron esperando ver el nacimiento del Señor y no pudieron porque no era el tiempo todavía, vemos la importancia que se le da a la Navidad en el marco Divino. “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombre de muerte, luz resplandeció sobre ellos” dice el profeta Isaías. La oscuridad simboliza muchos aspectos negativos de la humanidad, oscuridad de conocimiento, de realización, de sentimientos creativos. La oscuridad es ausencia de luz, Isaías se refiere a la humanidad que mora en tinieblas, donde es fácil fallar, o ser agredido. Bajo este contexto la necesidad de la luz se hace necesaria, diría imperiosa. Pero el profeta no solo se refiere a la luz física, sino también a la luz interior, mental, donde todo se hace más claro cuando el espíritu es iluminado. Se trata de una “Gran Luz”, la que necesita el ser humano para su realización. No es fácil pasar de la oscuridad a la luz, se necesita un tiempo de adaptación, pero bien lo vale. La “Gran Luz”, ya está, ya vino en la persona de Jesucristo, nadie la podrá apagar. Acercarse a ella tiene sus consecuencias, puede que queden expuestas fallas escondidas que no nos gusta revelar, pero esa luz posee un doble paliativo a nuestro favor que es la de curar y realizar. Es en Jesús que encontramos el camino a la realización verdadera.

 

La llegada de Jesús al mundo no solo trajo luz, sino también la esperanza de alegría, de felicidad (Is.9:3). Isaías compara la felicidad que trae el Hijo de Dios como el final de una batalla que se ha ganado, donde el enemigo ha sido derrotado y a huido, y en su huida a abandonado pertenencias de gran valor. Esos despojos llenan de felicidad al que ha ganado la guerra. Durante nuestra vida enfrentamos la madre de las batallas contra un enemigo que se mueve con facilidad desde las tinieblas, es un ámbito que maneja a la perfección. En la oscuridad somos presa fácil y nuestra derrota es inminente, luchamos con un enemigo superior en estrategia y poder. La luz de Jesús no solo revela la posición del enemigo, sino también la calidad de sus estrategias. Cuando la luz irrumpe en el campo de batalla de la vida su efecto es inmediato, es como cuando manipulamos en interruptor de la luz en casa, las tinieblas no tardan en disiparse, desaparecen de inmediato. De la misma manera funciona Jesús en nosotros. Con el campo de batalla iluminado por la presencia de Jesús la batalla de la vida se vuelve a favor nuestro y la victoria está asegurada. Nuestra vida, despojo apreciado por el enemigo, es abandonado en el campo de batalla. Solo el que ha perdido su libertad sabe apreciarla correctamente. Estar cautivo bajo el bando enemigo donde se han perdido todos los derechos y se vive bajo normas impuestas por el opresor hacer perder la calidad de vida. Por eso la libertad trae consigo la felicidad de sentirse libre de toda opresión, injusticia y oprobio. Dios creó al ser humano para ser feliz, desde esa óptica el hombre emprende su realización. En el mismo pasaje Isaías compara la felicidad con la época de la siega. El fruto de la labranza recompensa el esfuerzo llevado a cabo. El resultado de las energías gastadas en un proyecto convertido en realidad solo trae felicidad, alegría extrema por el logro obtenido. Nada puede impedir ver la realización de tus sueños. Eso es el significado de la Navidad: “Felicidad total”, Porque ese niño que ha nacido es la garantía de que la felicidad es posible, aún en el peor de los ámbitos. El tipo de felicidad que Jesús brinda es de carácter superlativo porque trasciende nuestra situación. Está más allá de mi posición económica, social, o burocrática. Con Jesús se puede ser feliz con poco, con mucho, nada condiciona ese efecto transformador, porque solo El puede generar una felicidad genuina libre de placebos.

 

La Navidad traería libertad. “Porque tu quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor… “ (Is. 9:3), continua diciendo Isaías en alusión a la llegada de la primera Navidad. No solo luz y felicidad, también libertad. El desarrollo de un ser humano que nosotros llamamos normal es bajo normas limitadas. Jamás  puede alcanzar el verdadero potencial una persona privada de la libertad. Las rejas de su cárcel condicionan un completo desarrollo. En lo planes de Dios nunca  supuso al hombre en cautiverio, me atrevo a decir que en el diccionario de Dios la palabra “cautivo” no figura. Desde la venida de Jesús la palabra libertad no se discute, El vino a poner las cosas en orden, porque sabe que aún cometiendo errores, el hombre despliega todo su potencial en un ámbito de libertad. Dios es enemigo de las cárceles, de hecho está comprobado que ningún lugar de confinamiento es el ámbito educativo que te prepara para vivir en libertad. La prisión no regenera, la libertad si lo hace. Nadie como Isaías para describir la cautividad como un pesado yugo. El yugo condiciona, oprime y subyuga, nos priva de un desarrollo normal. Jesús aparece en escena para devolver al hombre la libertad que Adán perdió en el huerto de Edén. Se trata de una libertad total que abarca lo físico, lo psíquico y lo espiritual. El pesado yugo de opresión tenía sus días contados cuando Jesús nació en el pesebre, Isaías nos cuenta de la triple función que Jesús lleva a cabo para dar libertar al hombre: “Quiebra el pesado yugo, quiebra la vara que castiga y quiebra el cetro de su opresor”. Jesús interviene con autoridad y rompe de un solo golpe lo que hasta ahora nadie había podido lograr. La libertad se concibe solo a partir de Jesucristo. Ningún ente puede apropiarse este logro. Solo se puede vivir en libertad cuando Jesús es el libertador. Esta libertad traspasa la vida natural y tiene consecuencias eternas. En la Biblia tenemos ejemplos del tipo de libertad que Jesús otorga a los que confiaron en El. Por ejemplo vemos a Moisés que se despide de su pueblo, él no va a entrar a Canaán, se dirige a una montaña lugar elegido para partir de este mundo. Otro ejemplo es el de Elías que al final de su ministerio de profeta de repente mientras camina un carro de fuego le arrebata para llevarle al cielo. Fueron libres por Dios, y en su estado de libertad sirvieron al Señor hasta el final de sus días. Muchos años más adelante durante el ministerio de Jesús encontramos a Moisés y Elías al lado de Jesús en el monte de la transfiguración, estaban vivos. La libertad que recibió Elías y Moisés durante su vida, trascendió hasta la  eternidad, libres por siempre. No volverán a morir.

 

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite…” (Is. 9:6-7). Isaías nuevamente nos habla de este pequeño que nacerá en Belén, nada impedirá que un día su imperio se pose sobre la humanidad, y la calidad de su gobierno estará avalada por la duración. Isaías dice que será eterno, como será eterna su paz. Jamás un gobierno humano ha durado tanto, jamás ha gozado de tanta paz. Ahora entendemos que cuando mencionamos la palabra “Navidad”, esta encierra un sinfín de valores en favor del ser humano que solo verán su realización a partir de Jesucristo. La verdadera Navidad es más que una celebración anual, es más que juntarse con los seres queridos a celebrar, es más, que un brindis, más que un abrazo, o un beso, o el deseo de buenos augurios. La verdadera Navidad es la celebración de la venida de Jesús al mundo. Celebramos Navidad porque Dios se hizo hombre, con todo lo que encierra este milagro en sí, nos quedamos asombrados de la tremenda determinación de querer ser hombre, no solo para estar más cerca de nosotros, sino también para comprometerse directamente con cada uno en forma personal. Tú y yo le interesamos de tal manera que se despojó no solo de su eternidad, sino también de su divinidad. La razón de tremenda transformación éramos tu y yo. El vino y habito entre nosotros no para conocernos, sino para brindarnos esperanza. Para decirnos: ¡Se puede! Existe una verdadera razón para vivir. La verdadera libertad es posible. Jamás volverás a estar solo. La redención existe. El Redentor existe. La Navidad vino para quedarse, para perpetuarse. Sin Navidad la humanidad seguiría en tinieblas. La Navidad es la luz que nos indica que el Salvador del mundo a nacido. Tenemos motivos para celebrar eternamente. Cuando decimos: "¡Feliz Navidad!" nos unimos al coro de ángeles que proclamó la venida del Redentor del mundo. Sería bueno cambiar, aunque sea por un instante, el saludo de ¡Hola que tal!, o ¡Buen día!, o ¡Bendiciones!, por el de "¡Feliz Navidad!"

O. Edgar Jofré

 

 

Por motivo del fallecimiento reciente de la madre de Edgar Jofre

Después de las lágrimas y las despedidas quedarán solo los buenos momentos que compartió con su madre. Mientras tanto, cuenta con todo nuestro apoyo. Sepa que espera un reencuentro maravilloso.

Jesús dijo: Yo soy la resurrección y la vida;  el que cree en mí,  aunque esté muerto,  vivirá.

Birgitta y Bertil