Temas & Opiniones

SUKKOT

Por O. Edgar Jofre. 2020-01-18

 


Según la tradición judía, en otoño celebran el sukkot, la Fiesta de los Tabernáculos. En parte es el antiguo festival de las cosechas que se remonta a las  épocas en que los israelitas eran agricultores y expresaban su agradecimiento en otoño luego de levantar sus sembrados. En realidad, es el prototipo del Día de Acción de Gracias típicamente norteamericano. Y en parte es también una conmemoración a Dios por la protección que brindó al pueblo de Israel durante los cuarenta años transcurridos en el desierto, en el paso de Egipto a la tierra prometida. Los judíos actualmente festejan sukkot levantando una pequeña construcción, una especie de choza precaria, anexa a sus casas, que consiste en unas tablas y ramas, donde invitan a sus amigos a beber vino y comer fruta. El sukkot es la celebración de la belleza de las cosas efímeras, es el pequeño rancho tan vulnerable ante el viento y la lluvia, que suele desmantelarse al concluir la semana, si no se ha derrumbado antes. El sukkot llega para anunciar que la vida está llena de cosas buenas y hermosas pero es preciso que se disfruten en ese mismo instante porque se sabe que no habrá de durar. El texto bíblico que se sugiere para leer en la sinagogas durante la Fiesta de los Tabernáculos es el libro de Eclesiastés. Es precisamente este libro que figura en la Biblia el que nos enseña de lo fugaz de la vida, de lo rápido que transcurre y de la poca importancia que le hemos dado a las cosas que tienen valor. Engañados, seducidos por el espíritu de la época dejamos pasar importantes oportunidades que se convierten en añoranzas incumplidas.



 Al celebrar sukkot los judíos teniendo como base un libro de las Sagradas Escrituras, no hacen más que indicarnos la importancia de la parte espiritual  en su estilo de vida. Lamentablemente siempre lo espiritual ha sido tildado en casi todas las épocas como algo fuera de lugar que no se adapta al modelo de turno. Nada más lejos de la realidad, cuando ahogamos una parte tan importante como esta nosotros mismos terminamos condicionándonos. "De todos mis pacientes en la segunda mitad de su vida, no ha habido ni uno solo cuyo problema no fuese en última instancia poder encarar la vida desde una perspectiva espiritual. Puede asegurarse que todos enfermaron porque habían perdido aquello que la iglesia en todas la épocas brindan a sus fieles, y ninguno de los que se curaron lo hicieron sin haber recuperado antes sus creencias religiosas" (C. G. Jung).



 Jesús advierte sobre la tentación de ser ahogado por el espíritu de este mundo: "La semilla que cayó entre los espinos, estos son lo que han oído, y al continuar su camino son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida y su fruto no madura" (Lc. 8:14). Lo espiritual siempre ha sido actual, más allá de que nosotros lo aceptemos a no, lo espiritual siempre ha marchado en primera fila, y para sorpresa de muchos lo continuará haciendo. Si en esta vida somos desdichados deberíamos preguntarnos hasta donde hemos incursionado  en las cosas divinas. No será que por tener una opaca relación con Dios la vida para mi carece de sentido. Quizá todos los objetivos que me propuse los he alcanzado, pero sin embargo perdura esa sensación de que algo me falta, y quizá es lo más importante.



 Cuando leemos el libro de Eclesiastés encontramos que el autor se propuso altas miras, la vara estaba bien alta en sus aspiraciones y retos. No escatimo esfuerzo, valentía y dedicación; fue una persona dedicada, disciplinada y seria. Tenía la sensación de haber sido llamado a realizar cosas importantes, en tal sentido trabajó a destajo hasta lograrlo, sin embargo la sensación de insatisfacción no lo dejaba. Sabemos que los retos de la vida son el ojo del progreso, y mientras más altos y difíciles mejor, lo que ignoramos es que para alcanzarlos pagamos no con dinero sino con tiempo de nuestra vida, vida que se va y no regresa.



 Ser humano no es una equivocación de la naturaleza, el problema radica cuando entendemos mal nuestro rol, cuando no estamos a la altura de las circunstancias, como ejemplo, los retos que implican nuestro matrimonio, o la familia, o el reto de ser un ciudadano moral; podemos perder nuestra identidad si terminamos negociando valores esenciales por ciertos placeres pasajeros. Ser una persona es algo grandioso, y Dios nos hace el mayor de los cumplidos cuando nos exige cosas que no le pide a ninguna otra criatura viviente. Sus peticiones no son otra cosa que fomentar nuestro crecimiento y desarrollo, llegar a la altura que Él nos ha fijado debería ser nuestra mayor meta. Dios no es un déspota que compite con el ser humano, ni tampoco alguien que siempre está demostrando que su poder es más grande que nosotros, sus intenciones están plagadas de deseos auténticos que no hacen más que revelar cuanto le importamos realmente.



 Eclesiastés se preguntaba: "¿Qué es lo que le da importancia a mi vida, lo que la convierte en algo más que un fenómeno pasajero?". No encuentra respuesta, pero instintivamente siente que la vida humana va más allá de la mera existencia biológica. Llega a la conclusión que cuando disfruta del trabajo y de la familia, que cuando ama y es amado, cuando es generoso y considerado, tiene la sensación de algo que trasciende la vida mucho más convincente que la lógica y la filosofía. Tiene razón pero no ha llegado hasta lo más profundo. Le queda una gran pregunta por contestar, la cual es: "¿Podemos hallar el verdadero sentido de la vida sin referirnos a Dios?". A Eclesiastés lo ha desilusionado la religión organizada, así como el placer, la riqueza y la sabiduría. Por eso trata de construir un cimiento para  su vida sin la ayuda de nadie. Eclesiastés es un buen guía pero le falta ese último paso que es el que a uno lo relaciona con Dios.



 El tema no es la existencia de Dios sino el cambio que Dios puede provocar en nuestra vida, y generalmente a eso le tememos. Si pensamos que hay un Ser en lo alto que lleva la cuenta de todos nuestros pecados, que prepara una libreta de calificaciones sobre nuestra conducta moral, estamos dándole un cariz basado en el miedo y las falsas expectativas. Tal vez sea por eso que a muchos les gustan los sermones de fuego y azufre, en los cuales el pastor los reprende por ser réprobos y pecadores. Cuando empezamos a entender a Dios, entender al ser humano es nuestro desafío, y entenderlo significa descartar y desterrar ciertas ideas nocivas que cultivamos desde hace tiempo. El biólogo Lewis Thomas dijo una vez que la gran ley de la naturaleza que rige para todos los organismos vivientes no es la supervivencia de los mas aptos sino el principio de colaboración. Las plantas y los animales no sobreviven derrotando a sus vecinos al competir por luz y alimento, sino aprendiendo a convivir con ellos de forma que todos puedan prosperar. Dios es la fuerza que nos impulsa a superar el egoísmos y tender una mano al prójimo. Dios nos incita a ser mejores. En el plano humano rige una ley que dice que todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Pero en el plano divino existe una ley contraria: todo lo que se puede poner en orden, mejorarse, tarde o temprano se mejorará. Dios es ordenado, sin Dios es imposible ordenar nuestra vida, el ser humano es perfectible, se puede mejorar pero siempre partiendo desde la base divina.



 Eclesiastés es una persona llena de virtudes, pero también perseguido por las desilusiones, aquejado por muchas dudas ¿podría Dios ayudarlo? ¿Cómo se puede seguir viviendo cuando uno ve que toda su vida ha sido un fracaso? Cuando no nos queda mas remedio que admitir que aquello que siempre perseguimos está fuera de nuestro alcance, que ya somos demasiado viejos como para fijarnos otro objetivo en la vida, y no tenemos nada que nos aliente a proseguir en nuestros últimos años, ¿qué sentido tiene seguir viviendo? Dios es la respuesta al interrogante de cómo se puede seguir viviendo cuando uno toma conciencia de que su vida ha sido un fracaso. “Porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón” (1 Samuel 16:7). La sociedad humana secular, el hombre sin Dios, solo puede juzgar por los resultados, por los logros. Ganamos o perdemos, lo conseguimos o fallamos, obtuvimos réditos o pérdidas. Pero Dios puede juzgarnos por lo que somos, no solo por lo que hemos hecho. En una sociedad secular, solo los actos tienen valor, y por ende la gente vale en la medida que haga cosas, en que sea productiva, con ese criterio los bebes y los ancianos no valen nada. Nos da miedo a envejecer por el temor a no ser útiles, a no poder realizar lo que demuestra nuestra valía. Equiparamos el valor con nuestro desempeño.



 Cuando no podemos evaluar a las personas según el criterio de Dios, empleamos un criterio humano: ¿Son útiles? Pero como el ser humano ve lo que tiene delante de sus ojos Dios ve dentro del corazón, y no solo nos perdona nuestros fracasos sino que ve éxito en donde nadie lo ve, ni siquiera nosotros mismos. Solo Dios puede reconocernos mérito por las palabras injuriosas que no pronunciamos, por las tentaciones que resistimos, por la paciencia y la bondad en que muchos no han reparado. Dios nos redime de la sensación de fracaso porque nos ve como ningún ojo humano puede vernos. Alguna religiones enseñan que Dios conoce hasta el último de nuestros malos pensamientos y secretos vergonzosos. Yo prefiero pensar que Dios posee tal capacidad de vernos que conoce mejor que nadie nuestras angustias y dolores, las cicatrices que llevamos en el corazón porque que queríamos ser mejores y el mundo nos enrostra que jamás podremos serlo. El rancho precario que los judíos levantan todos los años para celebrar sukkot no enseña de la precariedad de nuestra vida y de lo rápido que pasa el tiempo, más allá de todos los interrogantes que podamos tener reitero la pregunta que se debería haber hecho Eclesiastés: "¿Podemos hallar el verdadero sentido de la vida sin referirnos a Dios?".


O. Edgar Jofré.